Toltequidad
Las enseñanzas de la Serpiente Emplumada

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Nuestros sacramentos


Los sacramentos toltecas

La especie humana vive una tensa transición, imposibilitada de regresar a su origen animal, pero aún muy lejos de expresar sus potencialidades divinas. Por eso, todas las culturas de la tierra han tratado de deslindar nuestra doble naturaleza mediante ritos de paso. Los ritos de paso son convocadores de un cambio en el estado de la conciencia. Su propósito es marcar un antes y un después; a partir de ellos, la persona orienta conscientemente su vida hacia lo sagrado. Por tal razón, reciben en el lenguaje cristiano el nombre de “sacramentos”.

Los sacramentos fueron creados hace milenios. En su origen, tenían dos funciones: simbolizar la transformación del individuo y facilitarla eficazmente. Su eficacia no dependía únicamente de la fe de quien los recibía, sino, también, de que se conjugaran los elementos rituales apropiados. Ambas funciones aún son patentes en la comunión el cristiana, conformada por una masa con un valor exclusivamente simbólico (el pan) y un líquido con propiedades psicoactivas (el vino).

Con el paso del tiempo, las grandes religiones del Viejo Mundo perdieron o escondieron el aspecto eficaz de sus sacramentos y sólo conservaron o difundieron el simbólico. Tal secularización del rito ha conducido a equívocos, como pretender que la hostia y el vino se convierten literalmente en carne y sangre cuando el sacerdote los consagra, aunque nuestros sentidos testimonian que no es así.

A diferencia de lo que ocurrió en el Viejo Mundo, en Anawak y el Tahuantisuyu se conservó el doble propósito original de los ritos de paso, que siguieron funcionando hasta la llegada de los europeos como auténticas puertas a otras dimensiones del espíritu. En la actualidad, el Templo de la Serpiente Emplumada los ha recuperado, poniéndolos a disposición de todo aquel que desee recibirlos.

Los sacramentos toltecas no tienen un carácter excluyente, es decir, no invalidan o sustituyen a los de otras religiones. Consideramos que todo compromiso con una religión verdadera (entendiendo por este concepto, aquellas que promueven la divinización del ser humano) implica un vínculo espiritual con la Serpiente Emplumada, y sólo hay que estar conscientes de ello para pertenecer a la comunidad de los macehuales.

Bautismo

“Todo ser humano es merecido por su condición natal y todos tienen derecho a confirmar esa condición mediante una alianza con la Serpiente Emplumada, simbolizada por el bautismo tolteca.” Toltekapantli 16.

El primero de nuestros sacramentos es el rito de Kuatekia, el trabajo de la cabeza. Los nahuas le dieron ese nombre porque consiste en pasar ciertos elementos sobre la cabeza del iniciado. En el lenguaje común le llamamos “bautismo”, pues tiene un sentido similar al rito cristiano.

Desde una óptica social, el bautismo tolteca consiste en el reconocimiento que hace la comunidad de la criatura recién nacida o el miembro recién aceptado. Sin embargo, también tiene un propósito energético, pues procura fijar en la conciencia de quien lo recibe la experiencia del nacimiento.

Extrañamente, la vivencia de haber nacido, aún siendo la más intensa de nuestra historia personal, es también la más olvidada. Al observar esto, los antiguos se preguntaron: ¿por qué, si recordamos tantas banalidades sobre nosotros mismos, generalmente no recordamos haber nacido? Y, ¿cómo afectaría a nuestro sentido de identidad el recobrar y limpiar dicho recuerdo?

Investigando la estructura de la psiquis, descubrieron que la falta de memoria se debe a que, al nacer, nuestro cerebro aún no está acondicionado para hacer interpretaciones; por lo tanto, la impresión que nos provoca ese primer contacto con el mundo externo no se fija en nuestra memoria mediante conceptos, sino como una evocación de los elementos alquímicos: tierra, fuego, agua, aire y movimiento.

A partir de esta observación, diseñaron un rito sencillo, pero efectivo, que sirve como mecanismo de “anclaje” de ese momento, y que consiste en lo siguiente: poco después de nacido, el niño es presentado al sacerdote y a sus familiares. A continuación, el sacerdote pasa sobre su cabeza un tizón humeante, asperja en sus ojos unas gotas de agua florida y sopla en su mollera, mientras expresa en forma oral un buen deseo por su destino y le impone su Tonal o nombre calendárico.

El contacto con la tierra ocurre cuando el niño siente la urgencia de salir del vientre, momento en que se deslinda del cuerpo de su madre, una sensación que se consuma al ser recibido por la manos del médico o la partera. La toma de conciencia del elemento Tlalli, tierra, activa su sentido del tacto y el reflejo de corroborar las cosas, tocándolas con las manos o la boca; genera, además, la intuición del “adentro” y el “afuera”, este último relacionado con los atributos de peso, firmeza y solidez.

Una de las grandes impresiones que recibe el niño en ese momento, es que puede mover sus miembros libremente y, además, ¡lo mueven! El sacerdote estimula dicha sensación al levantarlo en alto para presentarlo a todos, activando con ello su sentido del equilibrio y el instinto de huir de los espacios vacíos. Ese primer contacto con el elemento Olin, movimiento, hace que el niño interprete posteriormente su existencia como algo que transcurre en un continuo espacio-temporal.

El siguiente descubrimiento es la luz. El irritante resplandor que se filtra a través de sus párpados cerrados constituye su primer contacto con el elemento Tletl, fuego. Entonces se fija en su interior esa mezcla de fascinación y respeto que sentimos ante el fuego y la luz, que nos hace plantearnos la elevación de la conciencia en términos de “iluminación”. El sacerdote remarca el impacto al pasar un tizón sobre su cabeza, activando con ello el reflejo del anfibio, consistente en una actitud de alerta ante el olor del humo.

Al formarse dentro de un medio líquido a temperatura corporal, el feto no lo percibe. Su contacto con el elemento Atl, agua, ocurre cuando sale al exterior y siente la frialdad del ambiente. El sacerdote marca la sensación al asperjar agua fría sobre su rostro, fijando con ello el estado de alerta provocado por el baño de humo. Tal combinación de fuego y agua recibe el nombre de Atlachinolli, agua quemada.

El elemento Ekatl, aire, llega al niño cuando respira por primera vez. Esa primera inhalación, que precipita en su interior un torrente de vitalidad, le lleva a asociar el aire con la vida y, posteriormente, con el mundo espiritual, la sede de la vida por excelencia. El sacerdote refuerza tal toma de conciencia al soplar sobre su cabeza, lo cual, de paso, permite al pequeño tomar contacto con un aspecto importante del medio aéreo: la capacidad de transmitir el sonido.

Por lo tanto, el rito bautismal tolteca, más que una alegoría, consiste en un conjunto de estímulos sensoriales organizados para detonar en el infante ese complejo estado de conciencia al que llamamos “despertar”. Con el transcurso del tiempo, el joven aprende a fijar su atención en una descripción racional del mundo, pero la base de su sentido de identidad radica en ese momento inicial, en el cual la intensidad de su vivencia alcanza un clímax que no se repetirá hasta el momento de su muerte.

La función práctica de este rito consiste en que marca un punto de partida para el ejercicio de recapitular o alinear los incidentes de nuestra historia personal para traerlos a una observación consciente. El propósito final de la recapitulación es recordar el propio nacimiento. Puesto que tal vivencia ha sido cubierta, el mejor modo de recuperarla consiste en explorar la imagen mítica que generó en nosotros, a través del tema de los elementos alquímicos. De hecho, este sacramento se consuma cuando conseguimos recapitular nuestro origen.

Comunión

“La comunión tolteca es el acto de consumir una porción de alegría místicamente transformada en el cuerpo de la Serpiente Emplumada, que actualiza el potencial divino del comulgante.” Toltekapantli 15.

En tanto el bautismo tolteca simboliza y define al nacimiento o toma de conciencia del mundo elemental, el sacramento de Teokuania, comunión divina, simboliza y precipita el nacimiento espiritual o toma de conciencia del mundo abstracto.

Cuando los jóvenes de Anawak tenían uso de razón, se les permitía participar en este rito, destinado a actualizar el potencial divino del ser humano. Su emblema era la ingesta de alimento, misterioso proceso mediante el cual, un ser se transmuta en otro.

Para entender la comunión tolteca, es necesario hacer un poco de historia. Hace millones de años, algunos primates, guiados por un impulso primordial, comieron plantas psicoactivas y descubrieron una nueva región de la conciencia. Tales plantas potenciaron su capacidad para razonar y abstraer. Algunos primates, más curiosos que sus congéneres, experimentaron deliberadamente con la conciencia, se abrieron nuevas puertas perceptuales y así surgió el ser humano.

Con el tiempo, la práctica de comer plantas psicoactivas se transformó en el centro de la vida espiritual del grupo. Los individuos más experimentados conducían a los más jóvenes y, poco a poco, se fue desgajando la primera clase social: los chamanes. Los chamanes comenzaron a rodear el consumo de plantas con ritos y simbolismos, y crearon el más antiguo de los sacramentos religiosos: la comunión.

Este origen explica porqué la mayoría de las religiones y libros sagrados vinculan la comunión con una planta de poder: el soma de los Vedas, el hom de los zoroastrianos, el aceite de la unción del Pentateuco, el kikeón de los ritos griegos, el vino y el pan del Nuevo Testamento... Todas estas sustancias tienen algo en común: ofrecen al devoto una visión directa del plano divino.

Su efectividad hizo que el sacramento adquiriese una reputación de cosa misteriosa, lo cual condujo a que se le escondiera bajo simbolismos que terminaron por destruir su esencia. En la actualidad, que el creyente común prefiere comulgar con la Deidad a través de un esfuerzo de la imaginación, eufemísticamente llamado “fe”.

En contraste, la comunión tolteca nunca fue desvirtuada, de modo que conserva hasta el presente todas sus propiedades. Pero, a fin de evitar la profanación del intento que le dio origen, los sacerdotes de Anawak elaboraron dos grados de aplicación: uno simbólico y el otro eficaz.

El grado simbólico estaba al alcance de todo macehual. Consistía en la ingesta de una masa llamada Tsoalli, hoy conocida como alegría, hecha de amaranto y miel de abejas o de maguey. Las semillas, por su dureza y por formar una masa sólida, representaban al cuerpo físico, mientras que la miel, por su fluidez, era emblema de la energía vital.

El grado eficaz se restringía a los macehuales que ganaban ese derecho. En esos casos, se agregaba a la masa jugo de hongos o de otras plantas psicoactivas, capaces de arrebatar al comulgante del plano físico para llevarlo con todo su ser a Tamoanchan, la casa de donde descendimos. Se trataba, pues, de un acto de comunión literal con la carne divina.

Tanto en su modalidad simbólica como en la eficaz, este rito describía la esencia de la fe tolteca, basada en la conciliación de las dualidades. Mientras la masa era preparada, presentada, partida en pedazos y ofrecida en la boca del devoto, había una distancia entre este y la Deidad. Pero, una vez que la masa tocaba su estómago y sus nutrientes comenzaban a pasar al torrente sanguíneo, la forma humana se fundía en la intensidad del estado de conciencia resultante y, lo que antes eran dos, quedaba transformado en uno.

El sacramento de comunión tolteca es un regalo precioso de la Naturaleza y un derecho de todo ser humano. Sin embargo, debido a la persecución que sufren en la actualidad las prácticas chamánicas, en el Templo de la Serpiente Emplumada sólo aplicamos públicamente su grado simbólico, reservando el eficaz para las ceremonias privadas.

Ordenación sacerdotal

“Los macehuales que lo soliciten voluntariamente, pueden recibir el sacramento de ordenación sacerdotal, un vínculo establecido al pronunciar los votos de disciplina, desapego, ahorro energético, estudio, trabajo, meditación y servicio.” Toltekapantli 10.

Los nacimientos al mundo elemental y abstracto completan las dos etapas iniciales del desarrollo del ser humano, al permitirle adquirir “rostro y corazón”, es decir, un Tonal o personalidad para vivir en el mundo natural, y un Nagual o núcleo de conciencia para entrar al mundo espiritual, el ámbito del intento cósmico.

La tercera fase de este proceso consiste en entrenar al Nagual para que se transforme en Moyokoyani, quien se crea a sí mismo, un ser capaz de apoyar, con su propia obra, el esfuerzo creativo de la Serpiente Emplumada. Este proceso es comparable a un tercer nacimiento, pues abre las puertas al mundo real o reino de la libertad.

El Templo de la Serpiente Emplumada facilita a los interesados una estructura que les permite acometer este proceso en compañía de otros macehuales que también lo intentan, la cual recibe el nombre de Nawalli Nawatllli, orden del nagual.

La Orden del Nagual es el fundamento y razón del ser del Templo. Su función primaria es transmitir el Nawallotl, nagualismo, y su función secundaria, conducir los asuntos organizativos y doctrinales del Templo. Su autoridad procede directamente de la Serpiente Emplumada a través del Linaje de Sabiduría.

Puede hacerse miembro de la Orden todo macehual adulto y en su sano juicio que lo solicite en forma voluntaria, se comprometa íntimamente con la práctica tolteca y pronuncie los votos de disciplina, desapego, ahorro energético, estudio, trabajo, meditación y servicio.

Estos votos no tienen un sentido restrictivo, sino proactivo; es decir, no consisten en negar los impulsos y deseos del monje, sino en conducirlos hacia el logro de su objetivo total como ser consciente: la libertad. Cualquier interpretación restrictiva de estos votos se contrapone al objetivo y debe ser evitada.

La disciplina consiste en: primero, el compromiso irrestricto del monje con el dictado de su propia conciencia; segundo, la aceptación sincera de las obligaciones propias del estado monástico en general y de su comunidad en particular; tercero, la obediencia razonada a las órdenes recibidas de sus superiores monásticos.

La obediencia razonada implica que el monje debe seguir las órdenes recibidas, siempre que estas sean compatibles con los principios de la Toltequidad, haciéndose responsable de lo que derive del incumplimiento. Tanto la obediencia no razonada como el incumplimiento injustificado pueden ser sancionados con la expulsión del monje de la Orden, o incluso con su cese como miembro del Templo.

El desapego consiste en el sacrificio del impulso de posesión individual en beneficio de la colectividad. Dicho sacrificio no implica la supresión del impulso, sino su reconducción a través de técnicas para el manejo de los vehículos de base: cuerpo físico, vitalidad, emociones y mente.

El ahorro energético consiste en el sacrificio del impulso reproductivo natural en favor del desarrollo del nagual. No implica que los monjes deban ser célibes, sino que deben abstenerse de disipar su energía sexual y de tener hijos.

La ordenación sacerdotal disuelve todo vínculo con los cónyuges o hijos. Por ello, ningún macehual que tenga hijos menores de edad será aceptado en este sacramento. Los monjes que procreen serán suspendidos en sus cargos comunitarios e invitados a abandonar la Orden hasta que sus hijos cumplan la mayoría de edad.

El voto de estudio consiste en capacitarse culturalmente, tanto en los conocimientos toltecas como chichimecas, a fin de pagar la deuda de cultura que tenemos como seres sociales. Este voto se debe practicar diariamente a través de la lectura, la investigación y la elaboración de bienes culturales, tales como obras científicas, artísticas y filosóficas.

El voto de trabajo consiste en realizar diariamente y sin interés de lucro, actividades que promuevan el bienestar individual y colectivo. Este tipo de trabajo excluye cualquier actividad que despilfarre recursos, dañe la salud o sea nociva para la Naturaleza. En caso de que haya retribución, se debe atener al código económico de la Toltequidad, basado en el principio de la no acumulación.

El voto de la meditación implica la práctica diaria de los ejercicios de concentración, silencio mental y éxtasis. A fin de incrementar su efecto sobre nuestros vehículos de base, se puede complementar con ayuno de impresiones, comida y palabras.

El voto de servicio consiste en la asistencia a los necesitados, siempre que surja la oportunidad. Incluye el compromiso interno del monje por difundir el mensaje de la Toltequidad. Debe realizarse sin esperar nada a cambio, con un sentimiento de gratitud por la oportunidad recibida.

Esta ordenación tiene tres grados que reflejan las etapas del desarrollo de la conciencia. El candidato pasará por un período de espera de un año, durante el cual convivirá con la comunidad monástica para aprender sus reglas y valorar su intención. Una vez que ha sido aceptado por la comunidad en pleno, se le sacramenta como monje de fila.

El monje de fila que, durante un período de no menos de cuatro años, de pruebas de profunda dedicación espiritual, califica para ser nombrado Teowa, divinizado, por recomendación de su superior monástico y con el permiso de las cabezas de la Orden.

Si el teowa cumple con las cualidades de los ancianos, puede ser designado para impartir los sacramentos dentro del calpuli y dictaminar sentencia en los juicios de la comunidad. Tal desempeño será evaluado cada año, a fin de determinar si sigue siendo capaz de representar al Templo en seno del calpuli.

Aquellos teowas que destaquen por su capacidad de entrega y liderazgo, pueden ser promovidos directamente por las Cabezas del Templo al grado de Teotsin, reverendo, lo cual les capacita para liderar al Templo en las asambleas locales, nacionales e internacionales.