Toltequidad
Las enseñanzas de la Serpiente Emplumada

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La Confesión de Fe del macehual


Nuestra cosmovisión

Ya que hablamos de una “confesión de fe”, estamos obligados a aclarar lo que entendemos por ese concepto. Para los cristianos, la fe es la aceptación tácita de ideas no comprobadas. Algunas personas consideran que, mientras más absurda es una proposición religiosa, más mérito hay en brindarle fe. Un ejemplo de este extraño fenómeno psicológico es que, a pesar de que los recientes hallazgos de la paleontología y la genética prueban, sin lugar a dudas, el maravilloso proceso de la evolución, aún hay quienes piensan que el ser humano fue creado a partir de una bola de barro.

Los antiguos mexicanos, por el contrario, interpretaban la fe como una actitud de compromiso con la verdad, tal como se nota en el nombre que le dieron en lengua nawatl: Neltokilia, verificar la verdad. La fe tolteca no consistía en aceptar pasivamente las enseñanzas de los mensajeros de la Serpiente Emplumada, sino en corroborarlas mediante análisis y experimentación. Como resultado, el devoto adquiría algo aún más valioso: experiencia. Tal es la propuesta del Wewetla’tolli: "sean toltecas: personas de experiencia propia".

El Templo de la Serpiente Emplumada es una institución creada para promover la auténtica experiencia espiritual. En consecuencia, nuestra Confesión de Fe no es un catálogo de creencias, sino una herramienta de uso práctico. Te invitamos a analizar cada una de sus afirmaciones con juicio crítico y corazón abierto, para que puedas percibir el intento que hay detrás de las palabras.

Esta confesión tiene siete enunciados que van de lo general a lo particular. El primero afirma: “Creemos que la Conciencia Suprema es Una, Serpiente Emplumada es Su nombre. Nada pide, sólo nuestro cuerpo y nuestra alma como ofrenda”. He aquí resumido el Credo Tolteca, tal como se conserva en el Códice Florentino. Lo hemos adoptado porque describe con exactitud nuestra cosmovisión.

Este Credo afirma que la realidad es una, es decir, toda la energía del Universo está conectada. El vínculo del ser humano con esa totalidad consiste en buscar el desarrollo de la conciencia, metaforizada en el nombre de la Serpiente Emplumada. Sólo ofrendando todo nuestro ser a ese propósito, podemos retornar al trascendente estado de conciencia de una divinidad que “nada pide”, pues no existe fuera de nuestro potencial evolutivo.

El descenso de la Serpiente Emplumada

El segundo punto de nuestra confesión se refiere al modo como el estado de conciencia impersonal que impregna a la totalidad, al cual llamamos Conciencia Cósmica o Intento Universal, toma cuerpo en los seres humanos. Afirma: “Serpiente Emplumada desciende cíclicamente a la tierra, se manifiesta en la carne, renace del Espíritu y regresa a la Casa de Nuestro Origen para poner un ejemplo a todos los seres vivientes.”

Este enunciado tiene tres partes. La primera se refiere a una doctrina característica de Anawak: la ciclicidad. Los textos sagrados afirman que todos los fenómenos tienen una naturaleza cíclica. Pero los ciclos no son mecánicos, no ocurren como mera consecuencia de las leyes de acción y reacción, pues el Intento Universal influye sobre ellos, buscando un equilibrio entre la economía energética y el desarrollo de la conciencia. En otras palabras: el Universo procura trascenderse a sí mismo y manifiesta ese impulso en cada persona, animal y planta, sea como individuo, como sociedad o como especie.

La evolución de la conciencia ocurre por etapas y sigue una pauta espiral que asciende, desde el plano de subconciencia en que viven los seres unicelulares, hasta la manifestación de los principios superiores del mundo divino. Los humanos nos encontramos a medio camino entre esos dos extremos; en consecuencia, tenemos una intuición de la unidad cósmica, pero aún arrastramos un grueso lastre de temores, ignorancia y egoísmo, propios de nuestro origen animal.

La evolución de nuestra especie siguió una pauta biológica hasta el momento en que tomamos conciencia de nosotros mismos y surgió el individuo. A partir de ahí, la evolución siguió un cauce social. Por lo tanto, nuestra mejor oportunidad de trascendencia consiste en reconocer nuestro ser común y pagar a los demás la deuda que hemos contraído por el hecho de participar de un legado cultural.

En ocasiones, las tendencias evolutivas e involutivas que combaten en el seno de la sociedad llegan a un punto de crisis y surgen condiciones para una manifestación mesiánica. De modo que la manifestación mesiánica no es un fenómeno “divino”, en el sentido bíblico, sino una coyuntura histórica que permite la emergencia de un nuevo modelo de civilización. Ese instante de revelación fue llamado por los antiguos mexicanos Serpiente Emplumada, ya que consiste en una confrontación entre los principios materiales, simbolizados por la serpiente, y los espirituales, simbolizados por el quetzal.

Tales manifestaciones ocurren en forma periódica, pues responden a causas objetivas que se van acumulando en el seno de la sociedad, lo cual explica por qué, todos los mesías de la tierra se declararon sucesores de un linaje de profetas y todos prometieron regresar. Esto es lo que reconocemos cuando afirmamos que la Serpiente Emplumada “desciende cíclicamente”.

La segunda parte del enunciado afirma que la Serpiente Emplumada “se manifiesta en la carne”. En otras palabras: la efusión mesiánica no se queda en lo abstracto, como una intuición que impregna de repente a la colectividad humana, sino que se materializa en un grupo de personas que se hacen receptivas del Intento Universal.

En potencia, cada ser humano puede, con un sincero esfuerzo y algo de buena suerte, llegar a ese estado en el cual, la serpiente echa plumas y aprende a volar. Tal posibilidad condiciona la historia; llegará un momento en que todos seamos Cristos, Avatares, Serpientes Emplumadas. Sin embargo, en el actual estado de la sociedad, dicha manifestación se concentra en unos pocos individuos, que sirven a los demás como ejemplo de nuestro potencial de autorrealización. Son ellos quienes mueven la rueda del tiempo, abriendo nuevas vías para la cultura y estimulándonos a entrar en dimensiones superiores de la experiencia humana.

En el México antiguo se recordaba a varios profetas mesiánicos, tales como Sipaktonal, Weman, Nanawatsin y Se Akatl Topiltsin. Nuestro conocimiento actual de la historia nos permite añadir a esa lista a otros maestros, tales como Jesús, Viracocha, Bochica, Osiris, Budha, Krishna y Zoroastro. Todos ellos aparecieron en el momento predicho por el Calendario de Anawak, demostrando de ese modo que forman parte de un movimiento global de la energía.

La tercera parte de este enunciado afirma que la Serpiente Emplumada “renace del espíritu y regresa a la Casa de Nuestro Origen para poner un ejemplo”. Así como llamamos "carne" a la visión que tenemos de nosotros mismos desde la óptica del cuerpo físico, "espíritu" es la percepción que tenemos cuando nos reconocemos como potencial de conciencia.

La doctrina tolteca afirma que somos libres, no tenemos límites. Sin embargo, como especie, hemos olvidado esa realidad. Una vez que un ser humano se acepta como un saco de carne, su conciencia deja de evolucionar; la sana "locura" de la juventud cede paso a la enfermiza "cordura" de la vejez, que le obliga a dedicar su vida a imperativos temporales, como la reproducción, el culto al cuerpo y la acumulación de bienes materiales. Este es un estado de sugestión negativa y sólo hay un modo de vencerlo: mediante una contrasugestión positiva.

Afortunadamente, tenemos a nuestro alcance el ejemplo de las serpientes emplumadas: seres humanos comunes y corrientes que fueron capaces de elevarse sobre sus limitaciones personales y sociales para acceder al cielo de la conciencia cósmica. Ese ejemplo nos da fuerza, enseñanza y dirección; es un segundo nacimiento, la entrada al sendero de la Iniciación.

Tal es el significado que damos a la frase “regresa a la Casa de Nuestro Origen”. Ese sitio ideal recibía en nawatl el nombre de Tamoanchan, el hogar de donde descendemos. Afirma el texto nahuatl: “En verdad, nadie sale, nadie abandona Tamoanchan, por siempre estamos allí”.

La liberación de la conciencia

El tercer enunciado de nuestra confesión profundiza en el modo como podemos aprovechar el ejemplo de las serpientes emplumadas a fin de recuperar nuestra libertad. Afirma: “El ser humano es esencialmente libre y puede expresar su libertad mediante el desarrollo de su conciencia, las obras meritorias y la fusión de su ser con la Conciencia Suprema”.

Para entender este concepto, pongamos una analogía. Una persona que nació dentro de una caja y nunca ha visto, oído o sentido en modo alguno el mundo exterior, no tiene idea de que ese mundo existe. En consecuencia, cuando se plantea la posibilidad de “ser libre”, no pensará en traspasar los límites de la caja, sino en organizar de un modo más cómodo los objetos que se encuentran dentro de la misma.

Todos hemos nacido dentro de la “caja” del cuerpo. Somos prisioneros del alcance de nuestros sentidos, intelecto e imaginación. Para concebir hasta qué punto podemos traspasar esos límites, tenemos que “salir” por un instante de esa cárcel y echar un vistazo a lo que hay afuera. Ahí nos espera la realidad. Tal es la enseñanza de todos los profetas. Una vez que le damos fe, lo siguiente es verificarla. En este punto, la confesión nos propone un camino en tres etapas: la primera es el desarrollo de la conciencia. ¿Qué significa esto?

Nuestros sentidos son cortos; un águila ve más lejos, un perro huele mejor. Asimismo, la definición cotidiana del “yo” también es limitada. Al afirmar: “yo existo”, hacemos un corte arbitrario en la energía del Universo. Generalmente, establecemos ese corte a partir del cuerpo físico, de modo que, lo que está más allá de este, no forma parte del “yo”. Hemos aprendido a usar el cuerpo para distinguirnos y distanciarnos de los demás, aún cuando, intuitivamente, entendemos que toda energía es una. En otras palabras: solemos basar nuestra identidad en nuestros límites, en lugar de hacerlo en nuestro potencial.

La asociación del “yo” con el cuerpo físico se debe a un error de enfoque. Solemos creer que la prueba del cuerpo físico son sus manifestaciones, tales como la facultad de sentir, pensar, hablar y realizar acciones. Sin embargo, también podemos expresar estas manifestaciones mientras soñamos, es decir, en la ausencia de un cuerpo.

Por lo tanto, el primer paso en el desarrollo de la conciencia consiste en cortar la atadura psicológica para con el cuerpo físico. Eso no implica negar su existencia, sino aprender a verlo como lo que realmente es: una interpretación. En consecuencia, también son interpretativos esos estados a los que llamamos vigilia y sueño. Los antiguos llamaron a quien consigue dar ese paso Itstika, despierto.

Una vez alcanzado ese estado de conciencia, comprendemos que sólo tenemos una propiedad real: la percepción. Y, lo inteligente, es alimentarla con conocimientos y ejercicios que la hagan cada vez más amplia, sensible, sutil y profunda, hasta el punto que podamos alcanzar otros estados superiores, tales como la iluminación, la videncia y la trascendencia de la forma humana. A ese proceso, nuestra confesión le llama “el desarrollo de la conciencia”.

La segunda etapa del sendero consiste en acumular obras meritorias. No hay libertad teórica; la libertad consiste en el ejercicio de la libertad. Ese ejercicio se traduce en actividades concretas como adquirir conocimiento, vencer el temor y la timidez, estimular la curiosidad, experimentar con nuestras facultades perceptuales y pasar a otros la información recibida. De ese modo, acopiamos una carga preciosa: la experiencia. Es cierto que todos regresaremos a Tamoanchan, pero no todos llevaremos de vuelta el tesoro de la experiencia.

Desde el punto de vista de la Toltequidad, la experiencia verdadera no consiste en las acciones propias del simio, tales como reproducirnos o interactuar con los demás, sino en aquellas que nos liberan de la herencia animal. Ejercicios como el manejo de los sueños, la recapitulación, la meditación y el manejo de la percepción, van creando en nosotros una nueva identidad, una continuidad que no se basa en la limitada idea del “yo”, sino en la experiencia consciente de la totalidad. A tal estado de conciencia nuestra confesión le llama “fundir el ser con la Conciencia Suprema”.

Al aportar experiencia de calidad al acervo experiencial de la Conciencia Cósmica, dejamos de ser sujetos pasivos de los azares del destino y nos convertimos en cocreadores del Universo. En ese punto, descubrimos que el mundo, tanto allá afuera como aquí dentro, no fue creado por las fuerzas ciegas de la materia, y mucho menos por un Dios caprichoso, sino, por el intento de todos aquellos individuos que se liberaron de la dependencia psicológica de un cuerpo físico, entrando por sus propios medios al reino del Nagual.

Los consejos toltecas

Una vez terminada esta presentación teórica, la Confesión de Fe nos lleva a detalles particulares, de los cuales depende el que podamos alcanzar o no, el nivel de energía inicial suficiente como para emprender el camino a la libertad. Afirma: “El sendero tolteca propicia el óptimo desarrollo del ser humano, basado en la búsqueda de lo divino, tener paz con todos los seres y no perder el tiempo”.

La vocación por la libertad es como un brote delicado, que necesita cuidado, hasta que crece y se torna un árbol fuerte; entonces puede resistir la tormenta, la helada y la sequía. El cuidado inicial del brote puede consistir en atarlo a un palo para que encuentre dirección o cercarlo con algo que lo proteja del viento. Nuestro escudo protector y guía es la Toltequidad, entendida como el legado cultural y espiritual de los sabios de Anawak.

Con esto, no estamos diciendo que sólo en la Toltequidad histórica existe salvación pues, si así fuera, los mesías del Viejo Mundo nunca habrían encontrado el camino. Sin embargo, es un hecho que algunas culturas y sistemas sociales son más favorables que otros a los objetivos de la conciencia. Por un conjunto de circunstancias sociales, históricas y psicológicas, los pueblos de Anawak y el Tahuantisuyu consiguieron elaborar un modelo de desarrollo humano particularmente apropiado a nuestra naturaleza.

Un ejemplo de ello son las leyes sagradas. En tanto otras religiones del mundo dictan leyes y tabúes que producen en el creyente un sentimiento de culpa y frustración, los mandamientos toltecas son tremendamente prácticos: “Sólo tres cosas deseo encomendarles: que procuren con anhelo ser amigos del Ser Divino, que tengan paz entre ustedes y que no pierdan el tiempo de día ni de noche. Basta con esto; toda persona que se atenga a su conciencia, logrará lo bueno y encontrará la vida” (Sahagún, Suma Indiana).

Estos consejos se refieren a las tres dimensiones en que transcurre nuestra vida: la energética, la social y la individual. Ante todo, se nos dice que hagamos “amistad” con lo divino. El término nawatl Teotl no significa propiamente dios, sino energía. Por lo tanto, buscar lo divino es cultivar la energía. Los antiguos desarrollaron un conjunto de medidas de higiene interior que nos permiten ahorrar y recanalizar nuestra fuerza vital, a fin de producir ese estado al que llamaron Teowatia, incorporación divina.

El segundo consejo afirma que debemos tener paz con el prójimo. El concepto tolteca de la paz es diferente del que tenemos hoy en Occidente. Los anahuacas no entendían la paz como una actitud negativa, es decir, como la ausencia de guerra, sino como algo positivo: un hacer que favorece la evolución de la conciencia. Construir la paz consiste en estimular aquellas actitudes que nos llevan a tener una vivencia de la unidad de la vida. En ese proceso, hay que combatir las mezquindades del “yo”, siempre ávido de reconocimientos exclusivos. De modo que nuestra paz es una forma de guerra, pero el guerrero tolteca combate con gentileza, paciencia, tolerancia y magnanimidad.

El tercer consejo se dice en nawatl Amo keketsa, no mates; en aquella sociedad, esta breve expresión se entendía como no malgastar el tiempo, pues el tiempo era considerado algo sumamente valioso. La actitud psicológica detrás de este consejo se define en un lema de Carlos Castaneda: “no tenemos tiempo”. No pierdas el tiempo, haz de tu paso por la tierra algo valioso. Activa tu potencial y sé útil a los demás. Usa bien tu vigilia, involucrándote en obras meritorias. Sobre todo, aprovecha esa tercera parte de tu vida que dedicas al sueño, pues es allí donde se abren las puertas de la percepción.

El devoto

Una vez definido el modo práctico como podemos organizar nuestra búsqueda de libertad, la confesión pasa a describir los sacramentos que permiten que ese esfuerzo dé fruto y se integre a la vida social. Afirma: “Los practicantes toltecas son merecidos por el sacrificio de la Serpiente Emplumada y confirmados en la iniciación por agua y fuego, la comunión con la carne divina y la ordenación de poder.”

Masewalli o macehual es el individuo que afronta el sacrificio. Gracias a sus austeridades (es decir, a los ejercicios de conciencia y el reacomodo de su forma de vida), acumula una dosis extra de vitalidad que se manifiesta en un salto en sus capacidades; se vuelve más sensible, creativo, profundo en sus análisis, sincero en su búsqueda. Lo cual, a su vez, libera más excedentes de energía que puede invertir en nuevos reacomodos. Este proceso no tiene fin, ¿por qué habría de tenerlo?

La ganancia energética es llamada en nawatl Masewalistli, merecimiento. Pero este término también significa compromiso, lo cual nos pone en contacto con otro aspecto de la doctrina tolteca. Para entenderlo, pongamos un ejemplo: nadie se ofende si el perro orina contra un árbol o defeca al borde de la acera; pero, si lo hace un ser humano, nos sentimos escandalizados. ¿Por qué? La diferencia no es de naturaleza biológica, sino cultural. El ser humano tiene algo de lo que el perro carece: una educación civil, y eso lo compromete.

Los mensajeros de la Serpiente Emplumada son los grandes maestros de la humanidad. La integridad de sus vidas pone ante nosotros un ejemplo inexcusable. ¿Qué haremos? ¿Seguiremos comportándonos como el simio salvaje o asumiremos nuestro compromiso espiritual? Cada uno de nosotros tiene que enfrentar y resolver esa pregunta por sí mismo. Un macehual asume su reto.

Una vez definido el status del practicante, la confesión describe un conjunto de instituciones que confirman ese status y le dan sacralidad a nuestra vida. Los españoles se quedaron pasmados cuando notaron que los anahuacas tenía unos sacramentos casi idénticos a los de la Iglesia Católica. Pensaron que el Diablo había copiado las costumbres cristianas para confundir a los nativos, y encarnizadamente trataron de destruir esas fórmulas iniciáticas, a las que llamaron “exsacramentos”. Ellos no sabían que los sacramentos que usan los cristianos aparecen, de un modo u otro, en todas las grandes religiones de la tierra.

En particular, hay tres sacramentos que contienen a todos los demás: el bautismo o iniciación por agua y fuego, la comunión y la consagración sacerdotal. Cada uno de ellos posee una dimensión simbólica y otra efectiva. El bautismo, cuyo nombre es Kuatekia, trabajo con la cabeza, consiste en la aceptación que hace la comunidad de la persona. Se realiza mediante baño de humo, asperjado de agua y soplo, que representan a los elementos de fuego, agua y aire. Es una evocación del nacimiento espiritual, experiencia que tiene lugar posteriormente, cuando el bautizado es iniciado en el sacramento de comunión.

La comunión con Teonakatl, la carne divina, se realiza mediante el consumo de una masa de amaranto mezclado con miel que representa a la divinidad. En condiciones de iniciación mistérica, esa masa se transforma en un agente enteógeno que puede, efectivamente, arrebatar al devoto del plano físico para llevarlo en cuerpo y alma a Tamoanchan.

El ordenamiento del devoto como sacerdote representa su entrada en el Nawalmekayotl, linaje de los naguales, una continuidad de sabios que, desde el origen del tiempo, se encarga de transmitir la ciencia de la libertad. El sacerdote debe comprometerse con la práctica, a fin de que ese contacto fragüe y aflore en su memoria consciente.

El Templo

Así como este enunciado define al devoto, el siguiente define al Templo; afirma: “Los practicantes toltecas forman el Templo de la Serpiente Emplumada, edificado sobre los sacramentos toltecas, los consejos del Libro Divino y la autoridad del Linaje de Sabiduría.”

El Templo no es una estructura material, sino una comunidad de practicantes. El énfasis cae sobre la palabra “practicante” pues, lo que une a los macehuales no es el instinto de pertenecer a un rebaño, sino el hecho de compartir ciertas realizaciones derivadas de sus ejercicios de conciencia.

A semejanza de un ser humano, el Templo tiene tres pilares. El primero, de naturaleza genética, es la transmisión de la autoridad del Linaje de Sabiduría; eso nos da forma y contenido. El linaje se formó a través de las eras, con la acumulación de la experiencia de miles de chamanes que dieron sus vidas por expandir los límites de la percepción. Esa experiencia se decantó en una regla. El Templo nació a una orden del linaje y se atiene a los comandos de la regla. El Templo es el guardián de la puerta del linaje.

El segundo pilar del Templo es de naturaleza cultural. Así como un niño debe ser educado para que llegue a ser un adulto responsable, la comunidad tolteca está en permanente régimen de entrenamiento. Los principios de la enseñanza quedaron recogidos en el Teomoshtli, libro sagrado de Anawak. El Teomoshtli nos proporciona una explicación sobre el origen del Universo y la vida, unas claves para el trabajo interior y una guía moral aplicable a la vida moderna. No es un libro terminado, sino un inventario de los logros espirituales del ser humano, que debe acrecentarse en la medida en que se acumule la experiencia.

El tercer pilar del Templo es de naturaleza iniciática. Para ser un tolteca en Anawak, no bastaba con ir a la escuela; la educación del joven era sólo el preámbulo de su admisión en las órdenes mistéricas. El propósito de esas órdenes era propiciar a la persona el acceso a una serie de iniciaciones que redimensionaban su búsqueda, haciéndole pasar, de la alegoría al conocimiento y del rito a la vivencia. Tales iniciaciones están representadas por nuestros sacramentos.

La pertenencia

El último enunciado de la confesión tiene una naturaleza revolucionaria, pues sostiene que “los sacramentos toltecas son un derecho de todos los seres humanos, sin distinción de género, raza, cultura o religión”. Este explícito permiso de participación define al Templo Tolteca como la más universal de las religiones de la tierra.

Lo usual, cuando entramos en contacto con una fe, es que se nos estimule a salir de otras. El Wewetla’tolli, en cambio, nos ordena nutrir la Toltequidad con aportes diversos: “Vayan por el mundo buscando la buena palabra, la costumbre correcta; y, encontrándola, tráiganla a la comunidad, para que así perfeccionen el modo de vida tolteca” (Suma Indiana).

La pertenencia al Templo no excluye cualquier otra experiencia espiritual, ¡por el contrario! Un tolteca es un mejor cristiano, un mejor budista, un mejor musulmán, un mejor ateo porque, a partir de la práctica diaria, ha aprendido a convertirse en una mejor persona. Lejos de rechazar la diversidad de fe, nuestro Templo la estimula, pues no le tenemos miedo a las diferencias, al cambio y a los descubrimientos.

Esta apertura no es sólo ideológica, sino también social. Al contrario de aquellas iglesias que afirman que los negros descienden de Caín, que la salvación es de los judíos, que ser mujer es una maldición o que los homosexuales no heredarán el Reino, nosotros proclamamos absoluta libertad de fe. No aceptamos ninguna forma de discriminación; nuestras puertas están abiertas para todo ser humano, excepto para aquellos que, deliberadamente, atentan contra la energía.

Esta es nuestra confesión y esto es lo que creemos.